El inmortal Ángel Yáñez, de ochocientos años, bajó de la montaña para deshacer su tribulación sentimental y desposar a la primera belleza, Isabela Suárez. El día de la boda, impostores provocaron, familias nobles hostigaron y hasta el Rey Dragón retó, pero todos fueron sometidos con un gesto suyo. Ofreció como dote el elixir de la inmortalidad, prometiéndole compañía eterna. Sesenta años después, en un patio tranquilo, ambos conservaban su juventud, transformando la eternidad en una dulce cotidianidad.