Hace tres años, drogué al heredero de la mafia, Vicente. Después de aquella noche salvaje, no me mató. En cambio, me folló hasta que las piernas me flaquearon, sujetándome por la cintura y susurrándome una y otra vez la misma palabra: —Principessa—.
Justo cuando estaba a punto de proponerle matrimonio, su primer amor, Isabela, regresó. Para mantenerla feliz, Vicente dejó que un auto me atropellara, hizo que arrojaran las reliquias de mi madre a perros callejeros y me envió a prisión...
Pero cuando por fin quedé destrozada y volaba a Boston para casarme con otro, Vicente puso Nueva York patas arriba para encontrarme.